TEST: ¿NECESITO IR A TERAPIA PSICOLÓGICA?
A veces pasamos por alto algunos síntomas que nos señalan que estamos mal. Si crees que necesitas ayuda psicológica, probablemente así sea. Si tienes dudas, presta atención y responde a las siguientes preguntas para saber si necesitas ir al psicólogo:
Cuando dejamos de disfrutar de las cosas, nos cuesta encontrar motivación o sentimos que nada nos produce satisfacción. La pérdida de interés o de disfrute por actividades que antes te gustaban puede ser uno de los síntomas de la depresión.
Sentir que nos abruma todo, no tener esperanza o tener la sensación de no poder afrontar lo que está ocurriendo puede aparecer cuando estamos atravesando un periodo de ansiedad, estrés o depresión.
Dar vueltas constantemente a experiencias pasadas en nuestra cabeza o preocuparnos por situaciones que ya han ocurrido puede generar mucho malestar. Los pensamientos recurrentes, la rumiación y la preocupación excesiva se relacionan con problemas de ansiedad o estrés.
Si las actividades que antes podías realizar con normalidad empiezan a suponerte un esfuerzo excesivo o resultar difíciles de afrontar, puede ser una señal de que estamos experimentando demasiado estrés, ansiedad, tristeza o agotamiento emocional.
Nuestro estado de ánimo y nuestra vida cotidiana se ve afectada por cambios en el sueño y el apetito, la falta de energía, las dificultades para concentrarse o la pérdida de interés por actividades reforzantes. Esto son indicadores de depresión y otros problemas emocionales.
Algunas experiencias difíciles o traumáticas pueden seguir afectándonos incluso después de que hayan pasado. Los flashbacks, los recuerdos dolorosos o las imágenes intrusivas que aparecen de forma involuntaria pueden generar ansiedad, miedo o malestar. Cuando estos recuerdos interfieren en nuestra vida cotidiana y sentimos que estamos reviviendo lo ocurrido, estamos ante un posible TEPT (trastorno de estrés postraumático).
Pensar que hacemos las cosas mal, juzgarnos continuamente, sentir que no somos suficientemente buenos o exigirnos demasiado es emocionalmente duro y afecta negativamente a tu autoestima. También está relacionado con la ansiedad y depresión por medio de la inseguridad y dificultad para desarrollarse plenamente.
Si la tristeza, la ansiedad, la ira o el miedo resultan tan intensas que nos cuesta entenderlas o regularlas, terminan afectando a nuestras relaciones y a nuestra vida cotidiana. Esta intensidad emocional suele darse ante procesos de ansiedad, depresión o en trastornos de personalidad.
Sentir preocupación de forma constante, experimentar miedo intenso o sufrir episodios de pánico puede relacionarse con diferentes problemas de ansiedad. Del mismo modo, la culpa y la vergüenza excesivas también generan un importante malestar emocional y afectan a la forma en que nos relacionamos con nosotros mismos y con los demás.
Determinadas obsesiones, comprobaciones o rituales pueden ocupar mucho tiempo o interfieren en nuestra vida cotidiana. Si sentimos que tenemos que realizar una conducta para reducir la ansiedad podemos estar ante el trastorno obsesivo-compulsivo (TOC).
Los problemas en las relaciones sociales dentro y fuera del trabajo, la dificultad para hacer amistades o mantener vínculos y las dificultades para comunicarnos asertivamente con otras personas pueden generar soledad, inseguridad o malestar. Esto, a su vez, se relaciona en ocasiones con la ansiedad y depresión.
Cuando mi valoración personal depende demasiado de lo que otras personas piensen de mí, puede resultar difícil tomar decisiones y sentir seguridad en nuestras decisiones. Necesitar constantemente la aprobación de las demás puede estar relacionado con una baja autoestima o miedo al rechazo. También se liga a una vinculación afectiva ansiosa y procesos depresivos.
Te encuentras repitiendo determinados patrones en tus relaciones de pareja, familiares o de amistad y los conflictos son recurrentes por vuestra vinculación emocional, los problemas de comunicación o la dificultad para establecer límites. Necesitas aprender a detectar estos patrones y cambiarlos por otros más saludables.
Utilizar la comida, el alcohol u otras sustancias para aliviar la ansiedad, la tristeza, el estrés o determinadas emociones puede convertirse en una forma de afrontar el malestar. Si bien parece que funciona en el momento, necesitar recurrir a estas conductas para encontrarnos mejor genera malestar ya que el problema de base no se está resolviendo.
Los atracones, las restricciones alimentarias y la necesidad constante de controlar lo que comemos genera sufrimiento y afecta a nuestra vida cotidiana. La relación con la comida puede verse afectada por la ansiedad, las emociones o una preocupación excesiva por nuestro cuerpo, el peso y la alimentación.
La dificultad para controlar la ira puede provocar problemas en las relaciones de pareja, familiares o laborales. Cuando los enfados son muy intensos, aparecen con frecuencia o sentimos que reaccionamos de una forma que después lamentamos, aprender a gestionar la ira y regular nuestras emociones puede resultar útil.
El miedo al fracaso, el perfeccionismo, las altas expectativas y la necesidad de hacerlo todo perfectamente pueden terminar limitando nuestra vida y generar un nivel elevado de ansiedad. En ocasiones, a la larga, a raíz de esta ansiedad se puede caer en un trastorno depresivo como consecuencia por haber limitado excesivamente tus actividades.
Alejarse de otras personas, evitar situaciones sociales o tener dificultades para confiar puede estar relacionado con inseguridad, ansiedad social, miedo al rechazo o simplemente haber tenido experiencias negativas anteriores. El problema viene cuando el aislamiento empieza a limitar nuestras relaciones y nuestra vida cotidiana
Cuando el malestar psicológico empieza a interferir de forma significativa en nuestra vida cotidiana, puede ser una señal de que necesitamos prestar atención a lo que nos está ocurriendo. La ansiedad, la depresión, el estrés y otros problemas emocionales pueden terminar afectando al trabajo, las relaciones sociales, la pareja o las actividades que hacemos en nuestro tiempo libre.
Puede ser que creas que estés bien pero la gente de tu alrededor comience a sugerirte que acudas a terapia psicológica. En ocasiones podemos pensar que estamos resolviendo los problemas y no es hasta que una persona cercana te guía hacia la terapia que te das cuenta de que tu método no funcionaba.
Si has respondido SÍ a una o varias de las anteriores preguntas, la terapia de psicología puede ser la respuesta que necesites para ayudarte a cambiar ciertos aspectos de tu vida y mejorar tu salud.
En todos los periodos de nuestra vida somos capaces de adquirir experiencias y aprendizajes que cristalizan en una u otra dirección nuestro 'yo'. Eso quiere decir que las personas necesariamente desarrollan nuevas estrategias para relacionarse con sus semejantes, reaccionar ante las pérdidas o enfrentarse a situaciones novedosas quizás potencialmente dañinas o peligrosas para ellas.
No obstante, no todos los hábitos o aprendizajes que tuvimos son útiles. En numerosas ocasiones estas "estrategias" resultan limitantes, emocionalmente dolorosas e interfieren seriamente con la vida de la persona. Si has respondido SÍ a una o varias de las anteriores preguntas, sabes de lo que te hablo.
Es aquí donde aparece la terapia psicológica y el psicólogo... La terapia de base cognitivo-conductual consiste en enseñar y trabajar, junto con tu participación activa, una serie de técnicas y estrategias psicológicas para que afrontes ese problema emocional y lo manejes hasta eliminarlo.
Estas técnicas y estrategias psicológicas, diferentes según el trastorno o las dificultades que tengas, tienen todas una sólida base empírica y han sido científicamente validadas como efectivas. No olvidemos que la psicología es ciencia. Así que, en lugar de suponer que funciona, constatamos y afirmamos que esta comprobado que funciona.
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